El siglo XIX en España: Del Trienio Liberal a la Revolución de 1868

El Trienio Liberal (1820-1823)

El 1 de enero de 1820, el coronel Rafael del Riego, al frente de una compañía de soldados en Las Cabezas de San Juan, se sublevó y recorrió Andalucía proclamando la Constitución de 1812. La pasividad del ejército, la acción de los liberales en las principales ciudades y la neutralidad de los campesinos obligaron al rey Fernando VII a aceptar la Constitución en un manifiesto. Se formó un nuevo gobierno que proclamó una amnistía y convocó elecciones a Cortes.

Los resultados electorales dieron la mayoría a los diputados liberales, quienes iniciaron una obra legislativa. Restauraron gran parte de las reformas de Cádiz, como la libertad de industria y comercio, potenciando el desarrollo de la burguesía. Se reconstruyó la Milicia Nacional como cuerpo armado voluntario.

Todas estas reformas encontraron la oposición de la monarquía. Fernando VII ejerció el derecho de veto. Por su parte, la nobleza tradicional y la Iglesia lucharon contra el gobierno liberal. Las nuevas medidas provocaron el descontento de los campesinos, ya que se abolieron los señoríos jurisdiccionales. Las tensiones entre los propios liberales, los moderados (partidarios de reformas limitadas) y los exaltados (reformas radicales favorables a la clase media), provocaron su división interna. Pero lo que provocó el fin del régimen liberal fue la intervención de la Santa Alianza con los Cien Mil Hijos de San Luis en 1823.

Década Absolutista (1823-1833)

En 1823, los Cien Mil Hijos de San Luis, al mando del duque de Angulema, repusieron a Fernando VII como monarca absoluto. Las potencias europeas consideraban necesarias algunas reformas más moderadas, proclamar una amnistía para superar la situación de violencia y organizar una administración eficaz para una estabilidad monárquica.

Fernando VII no aceptó las peticiones y se produjo otra fuerte represión contra los liberales, quienes huyeron al exilio, la cárcel o la muerte. Por otro lado, encontramos el problema económico, agravado por la pérdida definitiva de las colonias americanas. El rey buscó la colaboración del sector moderado de la burguesía. Esta actitud aumentó la desconfianza de los realistas, quienes, en la corte, se agruparon alrededor de Carlos María Isidro, hermano del rey y previsible sucesor, ya que Fernando VII aún no tenía descendencia.

En 1830 nace Isabel, hija y sucesora de Fernando VII, lo que dio lugar a un grave conflicto. La Ley Sálica, implantada por Felipe V, impedía el acceso de las mujeres al trono. Fernando VII derogó la ley mediante la Pragmática Sanción. Los llamados carlistas se negaron y presionaron al rey para que repusiera la Ley Sálica. Los enfrentamientos entre los partidarios carlistas y los de Isabel no solo trataban de quién sería el sucesor, sino de qué modelo de sociedad se implantaría. Los partidarios del Antiguo Régimen apoyaban a Don Carlos. Por otro lado, María Cristina, madre de Isabel y su regente durante su minoría de edad, entendió que para salvar el trono de su hija debía buscar el apoyo de los liberales.

En 1833 muere Fernando VII, reafirmando en su testamento a su hija como heredera del trono, mientras la reina gobernaría hasta la mayoría de edad de su hija. Ese mismo día, Don Carlos se proclamó rey, iniciando un levantamiento absolutista. Así comenzó la Primera Guerra Carlista.

La Pérdida del Imperio Colonial

La América española a finales del siglo XVIII vivía una etapa de prosperidad económica. Este crecimiento dio lugar al desarrollo de la burguesía criolla, grupo de raza blanca nacidos en América. Fue gracias a este grupo que el conocimiento de las ideas del pensamiento ilustrado tomó cuerpo con los proyectos de independencia. Gran Bretaña los respaldaría.

En 1808, los criollos optaron por rechazar la autoridad de José Bonaparte y crearon las Juntas. Sin embargo, a diferencia de España, no reconocieron la autoridad de las Juntas y muchas de ellas se declararon autónomas. América estaba dividida en virreinatos. En el Virreinato del Río de la Plata, José de San Martín proclamó, en 1810, la República Argentina. El Virreinato de Nueva Granada y Venezuela, liderado por Simón Bolívar, puso las bases para la formación de la Gran Colombia. Por otro lado, México, cuyo levantamiento fue dirigido por Hidalgo y Morelos, vio cómo el movimiento independentista fue liderado por Iturbide. Por último, los virreinatos de Perú y Nueva España. Tras la derrota de Ayacucho en 1824, con Bolívar desde el norte y San Martín desde el sur, se independizaron Perú y Bolivia. Se acababa la presencia española en América.

La emancipación de las colonias y la creación de repúblicas independentistas no solucionaron todos los problemas existentes en la América hispana: en primer lugar, el sueño de los libertadores de conseguir una América unida se mostró imposible; en segundo lugar, los criollos que habían dirigido el movimiento abandonaron a su suerte a la población indígena, negra o pobre, lo cual daría lugar a profundas convulsiones sociales; por último, la independencia económica no se logró, ya que el dominio español fue sustituido por Gran Bretaña y Estados Unidos.

Guerra Carlista (1833-1840)

Al morir Fernando VII en 1833, comenzó la regencia de María Cristina durante la minoría de edad de su hija. Sin embargo, Carlos María de Isidro fue proclamado rey por sus partidarios, lo que desencadenó la Primera Guerra Carlista. Esta sería una guerra civil entre los partidarios carlistas (que apoyaban el Antiguo Régimen) y los que apoyaban a Isabel (liberales). Los primeros tenían el apoyo del clero, la nobleza y los campesinos. Por otro lado, María Cristina era apoyada por la burguesía, sectores populares urbanos, parte de la alta nobleza y la jerarquía eclesiástica.

La guerra consta de dos fases: en la primera, dirigida por el general Zumalacárregui, los carlistas obtuvieron triunfos y se asentaron en zonas rurales del País Vasco, Navarra, Aragón y Cataluña. Con la victoria del general Espartero en Luchana y la muerte de Zumalacárregui, la guerra se decantó hacia los liberales. En 1839, Maroto y Espartero firmaron el Convenio de Vergara, por el que se acordaba la paz a cambio de que se respetaran los fueros vascos y navarros. Algunos carlistas siguieron luchando hasta su derrota en 1840.

Regencias (1833-1843)

La regencia de María Cristina se había iniciado con unos gobiernos de transición que planteaban tímidas reformas sin variar el Antiguo Régimen. Esto resultó insuficiente para los liberales, que pedían acabar con el Estatuto Real para mantener su apoyo. Así, entre motines y revueltas, los progresistas llegaron al gobierno con el fin de implantar un sistema liberal y constitucional con una monarquía parlamentaria.

Algunos ejemplos destacables de su labor fueron la reforma liberal agraria y la Constitución de 1837. Esta última era un texto breve que incluía aspectos progresistas y moderados. Se pretendía la alternancia del gobierno moderado y progresista mediante el texto constitucional. Se estableció un sistema de partidos en el cual ambos se sucedían en el gobierno, pero con un sufragio censitario restringido y con un creciente papel de los militares, cuyo poder aumentó en las guerras carlistas.

La tensión política aumentó y llevó a María Cristina a dimitir en 1840, convirtiéndose el general Espartero en regente. Pero su popularidad y apoyo popular cayeron por sus modos autoritarios. Las conspiraciones militares y el descontento popular forzaron el final de su regencia y las Cortes provocaron el adelanto de la mayoría de edad de Isabel II en 1843, con 13 años.

Bienio Progresista (1854-1856)

Progresistas, demócratas y moderados defraudados se levantaron en 1854 con el pronunciamiento de Vicálvaro, a cuyo frente estaba O’Donnell. Difundieron el Manifiesto de Manzanares, donde demandaban el cumplimiento de la Constitución, la reducción de impuestos y la restauración de la Milicia Nacional. La presidencia recayó en Espartero y O’Donnell, ministro de Guerra. Se convocaron elecciones en 1854, con mayoría progresista. Se preparó una nueva Constitución, pero no se llegó a promulgar. Hubo un plan de reformas en defensa de la burguesía y clases medias, como la Desamortización de Madoz, pero no se logró acabar con la crisis de subsistencias. Esto provocó huelgas obreras y revueltas campesinas. Las discrepancias en la propia coalición provocaron la división en la Unión Liberal, formada por O’Donnell y los más radicales del Partido Demócrata. El propio O’Donnell derribaría el gobierno que solo dos años antes había creado.

Unión Liberal (1856-1868)

En el último periodo del reinado de Isabel II hay dos etapas: hasta 1863, los gobiernos unionistas liderados por O’Donnell lograron un equilibrio político y económico combinando propuestas moderadas y progresistas. Una de sus actuaciones importantes fue la política exterior activa, que buscaba reparar el prestigio internacional. Se llevaron a cabo tres campañas internacionales: Indochina, México y Marruecos, donde se lograron victorias que en la Paz de Wad-Ras permitieron incorporar nuevos territorios. En 1863, la crisis económica forzó la dimisión de O’Donnell e Isabel II entregó el poder a Narváez, quien ejerció de forma autoritaria, provocando revueltas y sublevaciones militares. El alejamiento de la corona de los problemas y su papel en la crisis política desembocaron en un alzamiento militar conocido como La Gloriosa, la Revolución de 1868, que acabó con el reinado de Isabel II, quien tuvo que partir al exilio.