Historia de España: Un Recorrido desde los Visigodos hasta la Segunda República
La Monarquía Visigoda (Siglos V-VIII)
La monarquía visigoda fue un sistema de gobierno establecido por los visigodos en la península ibérica entre los siglos V y VIII. Inicialmente, los visigodos se asentaron en el sur de la Galia, pero tras ser derrotados por los francos en la batalla de Vouillé (507), trasladaron su reino a Hispania, con Toledo como capital. Su monarquía era electiva y de carácter militar, aunque incorporaron elementos del derecho romano debido a la influencia de la población hispanorromana. Destacaron reyes como Leovigildo, quien consolidó el reino, y Recaredo, que adoptó el catolicismo en el III Concilio de Toledo (589), unificando religiosamente al reino. Sin embargo, conflictos internos y la invasión musulmana en 711 marcaron el fin de la monarquía visigoda y el inicio de la dominación islámica en la península.
Al-Ándalus (711-1492)
La conquista de Al-Ándalus comenzó en 711 con la victoria de Musa y Tarik en Guadalete, aprovechando la crisis visigoda, y su ocupación fue mayoritariamente pacífica debido a la tolerancia hacia cristianos y judíos. Pasó de ser un Emirato dependiente del Califato Omeya a un Emirato independiente con Abd-al-Rahman I, consolidándose como Califato de Córdoba bajo Abd-al-Rahman III, que marcó su máximo esplendor político y cultural. La disolución del Califato llevó a la fragmentación en taifas, que buscaron ayuda en almorávides y almohades para resistir el avance cristiano, aunque estos últimos fueron derrotados en la batalla de las Navas de Tolosa (1212). Con ello, el control musulmán se redujo al Reino nazarí de Granada, que permaneció bajo vasallaje castellano hasta 1492, cuando Boabdil entregó el reino a los Reyes Católicos, poniendo fin a Al-Ándalus. Este periodo destacó por su integración religiosa, auge cultural y resistencia frente a la reconquista cristiana, hasta su cierre con la conquista completa por parte de los reinos cristianos.
La Baja Edad Media en Castilla, Aragón y Navarra (Siglos XIV y XV)
La Baja Edad Media (siglos XIV y XV) en Castilla, Aragón y Navarra estuvo marcada por una crisis general europea que trajo guerras. En Castilla, Alfonso XI fortaleció el poder real con el Ordenamiento de Alcalá, pero las tensiones continuaron, enfrentando una guerra civil. Durante el siglo XV, se produjeron nuevos conflictos, como la ejecución de la Farsa de Ávila, que destronó a Enrique IV. En Aragón, los monarcas Trastámara, introducidos con el Compromiso de Caspe (1412), gobernaron débilmente ante la autonomía de sus territorios. Este período estuvo marcado por conflictos como la guerra civil catalana, la lucha de los payeses de remensa y la expansión por el Mediterráneo con los Consulados del Mar. Navarra, más orientada a Francia, vivió un enfrentamiento por la sucesión al trono entre Juan II y su hijo, el Príncipe de Viana, que derivó en una guerra civil entre beamonteses y agramonteses. Tras la muerte del príncipe y de Juan II, su hija Leonor ascendió al trono de Navarra, mientras Fernando ocupó Aragón. Así, las coronas peninsulares atravesaron un período de crisis, luchas internas y transformaciones políticas.
La Monarquía Borbónica (Siglo XVIII)
Felipe V (1700-1746) instauró en España un modelo de monarquía absolutista y centralista inspirado en Francia. Con los Decretos de Nueva Planta, eliminó los fueros y cortes de la Corona de Aragón, salvo en el País Vasco y Navarra, unificando el sistema administrativo y tributario. Creó los Secretarios de Estado y Despacho, reduciendo el poder de los Consejos, y estableció las Cortes Generales, con un papel simbólico. Reforzó la centralización con Capitanías Generales, Intendencias y la figura del corregidor, además de impulsar reformas militares, educativas y económicas, como las Reales Fábricas. Su sucesor, Fernando VI (1746-1759), modernizó la marina e intentó implantar la contribución única, que fracasó por la oposición nobiliaria. En América, reorganizó los territorios con nuevos virreinatos y Capitanías Generales para fortalecer el control peninsular. Sin embargo, el absolutismo mantuvo las desigualdades y limitó los cambios, ya que el poder seguía concentrado en el rey.
La Guerra de Sucesión Española (1700-1714)
La Guerra de Sucesión Española (1700-1714) comenzó tras la muerte sin descendencia de Carlos II, último Habsburgo, quien nombró como heredero a Felipe de Borbón. Este fue rechazado por el archiduque Carlos de Habsburgo, iniciándose un conflicto internacional que enfrentó a Felipe, apoyado por Francia y Castilla, contra Carlos, respaldado por Inglaterra, Holanda y territorios de la Corona de Aragón. Momentos clave incluyen la ocupación de Gibraltar (1704) por los ingleses y la victoria borbónica en Almansa, que aseguró Aragón y Valencia. Con la Paz de Utrecht (1713), Felipe V fue reconocido como rey, aunque España perdió territorios europeos, mientras Inglaterra obtuvo Gibraltar y privilegios comerciales. Los Pactos de Familia unieron a España y Francia en una alianza contra Inglaterra; Felipe V recuperó Nápoles-Sicilia y Parma para sus hijos, y bajo Carlos III, España participó en la Guerra de los Siete Años y apoyó la independencia norteamericana. Estas alianzas fortalecieron la política exterior, pero la pérdida de territorios marcó una nueva etapa en la monarquía española.
Los Reyes Católicos (Siglo XV)
En 1479, la Paz de Alcaçovas puso fin a la guerra de sucesión entre Isabel I de Castilla y Juana “La Beltraneja”, consolidando a los Reyes Católicos, Isabel y Fernando, en el trono y formalizando una unión dinástica donde cada reino mantuvo sus propias leyes e instituciones, tal como se acordó en la Concordia de Segovia (1475). Reforzaron la monarquía desplazando a los nobles, integrando juristas, formando un ejército permanente y utilizando la Inquisición como instrumento de control. También implementaron reformas como la Santa Hermandad en Castilla y la Sentencia Arbitral de Guadalupe en Cataluña para pacificar el territorio. La guerra de Granada (1482-1492) fue clave en su política de expansión, buscando contener a los turcos y canalizar el belicismo de la nobleza. Con el uso de artillería y tropas como las de la Santa Hermandad, lograron la victoria, favorecida por el conflicto interno entre Muley Hacén y Boabdil. Aunque las capitulaciones de Granada permitieron la práctica del islam, una década después, el cardenal Cisneros impuso la conversión al catolicismo, sellando la unificación religiosa.
Las Cortes de Cádiz y la Constitución de 1812
La Guerra de Independencia marcó el inicio de la revolución liberal en España. Ante el vacío de poder tras los sucesos de Bayona, se formaron Juntas locales que asumieron la soberanía en nombre de Fernando VII, organizando la resistencia contra José I. Posteriormente, estas dieron lugar a la Junta Suprema Central, que se refugió en Cádiz ante la ocupación napoleónica, creando un Consejo de Regencia como máxima autoridad. Los liberales impulsaron la convocatoria de Cortes extraordinarias, donde, por primera vez, los diputados fueron elegidos por sufragio. Estas Cortes, mayoritariamente compuestas por miembros del bajo clero, profesionales liberales y militares, aprobaron medidas para desmantelar el Antiguo Régimen: supresión del feudalismo, igualdad jurídica, libertad económica, abolición de la Inquisición y desamortización de bienes. Además, redactaron la Constitución de 1812, conocida como “La Pepa,” que estableció la soberanía nacional, una monarquía limitada con división de poderes y el sufragio universal masculino indirecto. Aunque sus reformas fueron efímeras, sentaron un precedente liberal influyente en España y otros países.
El Reinado de Fernando VII (1814-1833)
El reinado de Fernando VII (1814-1833) estuvo marcado por la lucha entre absolutismo y liberalismo, así como por la cuestión sucesoria. Tras el Tratado de Valençay (1813), Napoleón devolvió el trono a Fernando VII, quien restauró el absolutismo en 1814, derogando la Constitución de Cádiz e imponiendo una intensa represión contra los liberales. Este periodo, conocido como Sexenio Absolutista (1814-1820), estuvo lleno de crisis económicas y levantamientos liberales que culminaron en el triunfo de Rafael del Riego en 1820, iniciando el Trienio Liberal (1820-1823). Durante esta etapa se reinstauraron medidas liberales, pero enfrentaron la resistencia del rey y la intervención de los Cien Mil Hijos de San Luis, quienes restauraron el absolutismo en 1823. La Década Ominosa (1823-1833) estuvo marcada por la represión, problemas económicos y tensiones internas. En 1830, Fernando promulgó la Pragmática Sanción, anulando la Ley Sálica y proclamando a su hija Isabel como heredera, lo que desató el conflicto sucesorio con su hermano Carlos María Isidro, iniciando las bases del carlismo. Este periodo refleja la inestabilidad política y la pugna entre tradición y modernidad en España.
Las Regencias y el Reinado de Isabel II (Siglo XIX)
Las Regencias
Tras la muerte de Fernando VII en 1833, se inició la Primera Guerra Carlista (1833-1839), impulsada por su hermano Carlos María Isidro, quien buscaba el trono frente a su sobrina Isabel II. Los carlistas, defensores del absolutismo y los fueros, enfrentaron al bando isabelino, que abogaba por la modernización del Estado. Concluida la guerra con el Abrazo de Vergara, siguieron regencias marcadas por inestabilidad y reformas. El reinado de Isabel II destacó por la lucha entre moderados y progresistas: la Década Moderada (1843-1854) consolidó el centralismo y acuerdos como el Concordato con la Iglesia, mientras que el Bienio Progresista (1854-1856) impulsó reformas económicas, como la desamortización de Madoz. O’Donnell lideró el gobierno estable de la Unión Liberal (1856-1868), periodo de crecimiento económico y estabilidad social, pero las tensiones políticas y económicas culminaron en el Pacto de Ostende (1866) y la revolución de 1868 (La Gloriosa), que derrocó a Isabel II, iniciando el Sexenio Democrático.
Reinado Efectivo de Isabel II
Durante el reinado efectivo de Isabel II, las Cortes adelantaron su mayoría de edad para evitar otra regencia, iniciando la Década Moderada en 1843 bajo el liderazgo de Narváez. Se promulgó la Constitución de 1845, que compartía la soberanía entre el rey y las Cortes, aumentaba los poderes de la reina y restringía derechos individuales y el sufragio. Se fundó la Guardia Civil, se reformó la Hacienda y se aprobó la Ley de Claudio Moyano para organizar la enseñanza. El matrimonio de Isabel II reactivó el conflicto carlista, y Narváez impuso una dictadura de tres años. Bravo Murillo lo sucedió, destacando por la creación del canal de Isabel II, pero fue reemplazado tras la Vicalvarada en 1854. El Bienio Progresista (1854-1856) trajo reformas como la desamortización de Madoz y la creación del Banco de España, pero terminó por crisis económicas. El gobierno de Unión Liberal (1856-1868) liderado por O’Donnell logró estabilidad y prestigio internacional, aunque enfrentó tensiones políticas y sociales que culminaron en el Pacto de Ostende y el fin de la monarquía de Isabel II en 1868.
La Restauración Borbónica (1874-1931)
El sistema Canovista, instaurado tras la Restauración borbónica en 1874, se basó en la alternancia pactada en el poder entre los conservadores, liderados por Cánovas del Castillo, y los progresistas, encabezados por Sagasta. Este modelo político, conocido como turno de partidos, buscaba la estabilidad del sistema mediante procesos electorales manipulados y el control caciquil, garantizando una falsa democracia. La Constitución de 1876 estableció un Estado centralista con soberanía compartida entre el rey y las Cortes, declarando al catolicismo como religión oficial, introduciendo un sistema bicameral y sufragio censitario. Aunque Sagasta promovió reformas como el sufragio universal masculino y libertades civiles, el sistema enfrentó la crisis de 1898 tras la pérdida de las colonias y acusaciones de corrupción, lo que debilitó su legitimidad. La oposición al sistema incluyó el carlismo, debilitado tras la Tercera Guerra Carlista, el movimiento obrero (marxistas y anarquistas) con figuras como Pablo Iglesias y la creación del PSOE y la UGT, y los nacionalismos periféricos en Cataluña, el País Vasco y Galicia, que buscaban proteger sus identidades culturales y lingüísticas.
España Durante la Primera Guerra Mundial y la Revolución Rusa
El impacto de los acontecimientos internacionales durante el reinado de Alfonso XIII marcó profundamente a España. La neutralidad en la Primera Guerra Mundial generó un boom económico al incrementar exportaciones, beneficiando a la oligarquía y la burguesía, pero los trabajadores sufrieron debido al aumento de precios y bajos salarios. Las tensiones sociales culminaron en la crisis política de 1917, protagonizada por protestas laborales, las Juntas Militares de Defensa y la Asamblea de Parlamentarios en Cataluña, lo que forzó reformas constitucionales, aunque los conflictos persistieron. La influencia de la Revolución Rusa intensificó la lucha de clases, especialmente durante el Trienio Bolchevique (1918-1920). El enfrentamiento entre patronos y trabajadores se tornó violento, con huelgas, ocupación de tierras y represión del Estado. Este periodo también vio el surgimiento del Partido Comunista y acciones anarquistas, alimentando un clima de inestabilidad social y política. La tensión alcanzó su punto álgido con el asesinato del presidente Eduardo Dato. Finalmente, el fracaso militar en Marruecos, ejemplificado en el Desastre de Anual (1921), desató una crisis política y militar que erosionó la confianza en el gobierno y en Alfonso XIII.
La Segunda República Española (1931-1936)
El Bienio Radical-Cedista (1933-1935)
El bienio Radical-Cedista (1933-1935) marcó un giro político en la Segunda República española. Tras la dimisión de Azaña y la victoria electoral de la CEDA y el Partido Radical, se inició una etapa de retroceso en las reformas previas, como la paralización de la reforma agraria y la amnistía a militares golpistas. La entrada de ministros de la CEDA generó temores de un régimen autoritario, lo que provocó levantamientos como la revolución de Asturias y la proclamación del Estado Catalán, ambos reprimidos violentamente. El escándalo de corrupción del estraperlo debilitó al gobierno de Lerroux, llevando a nuevas elecciones en 1936. El Frente Popular, una coalición de izquierdas, ganó con mayoría absoluta, reanudando las reformas y otorgando amnistías. Manuel Azaña asumió la presidencia de la República, mientras que las tensiones entre las fuerzas políticas y sociales se intensificaron, con enfrentamientos callejeros y conspiraciones militares lideradas por generales como Mola y Franco. La creciente violencia culminó en los asesinatos de José del Castillo y José Calvo Sotelo en julio de 1936, reflejando el clima de hostilidad que precedió al golpe militar del 17 de julio. Este levantamiento marcó el inicio de la Guerra Civil española, resultado de años de conflictos sociales, políticos y económicos que dividieron profundamente al país.
El Bienio Reformista (1931-1933)
El Bienio Reformista (1931-1933) fue liderado por Manuel Azaña y su gobierno republicano-socialista, que impulsó reformas estructurales para transformar España. Entre ellas destacaron la reforma laboral, que fortaleció los derechos de los trabajadores; la educativa, que combatió el analfabetismo mediante la creación de miles de escuelas y la promoción de una enseñanza laica y gratuita; y la agraria, que buscaba redistribuir tierras a campesinos, aunque su implementación fue lenta y generó frustración. También se modernizó el ejército, reduciendo el número de oficiales y creando la Guardia de Asalto para garantizar el orden público. Además, se aprobó el Estatuto de Cataluña, aunque con competencias limitadas. Sin embargo, estas reformas enfrentaron una fuerte oposición. Desde la derecha, monárquicos, conservadores y fascistas rechazaron los cambios, mientras que los anarquistas de la izquierda promovieron huelgas y ocupaciones de tierras. El intento de golpe de Estado del general Sanjurjo en 1932 y los sucesos de Casas Viejas en 1933, donde campesinos fueron reprimidos violentamente, debilitaron al gobierno. La crisis y la polarización llevaron a la dimisión de Azaña y el fin del Bienio Reformista.