Impacto y Consecuencias de la Primera Guerra Mundial
Consecuencias de la I Guerra Mundial. La I Guerra Mundial se desarrolló entre 1914 y 1918 y, en adelante, el mundo ya no volvió a ser el mismo. Lo que se destruyó fue, fundamentalmente, la idea que la Ilustración había creado sobre Europa y la civilización occidental: la fe en el progreso ilimitado generado por la educación racional y las ciencias útiles.
Fue, en principio, una guerra europea que enfrentó a las grandes potencias del momento, pero no tardó en mundializarse con la entrada de las colonias y después, de Japón y de los EE.UU. Los coetáneos la llamaron la Gran Guerra, porque nunca se había vivido un conflicto de tales proporciones.
La primera consecuencia que debemos señalar fue la de la tragedia humana. Murieron, aproximadamente, 11 millones de europeos, la mayor parte franceses y rusos. Hay que sumar también la consiguiente generación vacía, los huérfanos, las viudas y los inválidos, que esperaban recibir una pensión tras el conflicto. Pero Europa había quedado arruinada, sin medios para pagar esas pensiones ni para dar trabajo a los jóvenes que pretendían reintegrarse a la vida civil, ni para reconstruir las infraestructuras dañadas. Todas las naciones beligerantes estaban endeudadas unas con otras y todas entre sí, y era imposible saldar esa deuda puesto que ninguna podía pagar.
La segunda consecuencia deriva de la primera: la destrucción de todos los países, tanto vencedores como vencidos, generó un clima de odio y desesperación que impidió que tras el armisticio cicatrizaran las heridas. En ese clima de odio se firmaron los tratados de paz. Los vencedores esperaban reflotar sus economías hundiendo la de los vencidos, a Alemania especialmente, obligándolos a pagar en concepto de reparaciones de guerra. Tal cosa no era posible, puesto que los vencidos estaban tanto o más arruinados que los vencedores. Pero la humillación nacional de los vencidos tuvo otro resultado nefasto: el germen de un nacionalismo exacerbado que acabaría floreciendo en el nazismo.
La tercera consecuencia es de orden moral. Durante la I Guerra Mundial se violaron buena parte de los valores establecidos. Se utilizaron por primera vez armas revolucionarias (las ametralladoras, los tanques, la aviación, el submarino, el radar, los gases y las máscaras antigás…), armas que destrozaban al ser humano de una forma nunca vista y que obligaban a improvisar nuevas estrategias y técnicas de combate, la trinchera, fundamentalmente. Ante esta destrucción, los valores que hasta el momento habían informado al mundo se vaciaron de contenido: los hombres habían acudido contentos a la guerra, imbuidos de sueños románticos sobre la gloria, el deber y el servicio a la patria, sueños que se enraízan en los ideales medievales del amor cortés.
Pero esos ideales no cabían en una guerra absolutamente deshumanizada como fue aquella, una cruel guerra de desgaste, donde los soldados sólo podían desesperar aguardando una muerte en la trinchera, mientras que soportaban los parásitos, las inclemencias y las enfermedades. El resultado de este revulsivo moral fue:
- Surge el pacifismo, el deseo de que nunca más vuelva a estallar una guerra. Para este fin se funda la Sociedad de las Naciones (SDN) e incluso se llega a criminalizar la guerra.
- Se toma conciencia de que la I Guerra Mundial había sido causada por la ambición desmedida de las potencias, de manera que se relativizan los sentimientos patrióticos entre los vencedores especialmente, pues como ya hemos dicho, entre los vencidos se exacerbaron, dando lugar a la floración de los fascismos.
- Se revitaliza el marxismo, en la medida en que se interpreta la I Guerra Mundial como una guerra provocada por las clases capitalistas de las grandes potencias que han vertido la sangre del proletariado. Dentro de esta tendencia, el sentimiento nacional queda superado por el internacional de clase oprimida. Estos conceptos se ven reforzados por el hecho de que en 1917, la revolución comunista había triunfado en Rusia y esperaba extenderse por occidente, aprovechando la ruina tras la guerra.
- Hay una pérdida de fe en la democracia que se ve atacada por modelos totalitarios de izquierda (comunismo) y de derecha (fascismo).
- Hay una crisis existencial reflejada en la filosofía, en el arte y en la literatura. Se pone en duda o se niega la existencia de Dios, se considera al ser humano un absurdo existencial, puesto que su inteligencia lo lleva a perseguir una inmortalidad imposible, o cuanto menos una finalidad igualmente imposible, que dé sentido a la vida humana. Se consideran irresolubles los problemas metafísicos que han preocupado, en buena parte, a los filósofos de todos los tiempos y así, la ciencia queda reducida a saber técnico. Pero al mismo tiempo, se desconfía de una técnica que ha permitido desarrollar unas máquinas de destrucción como los que se han visto en la guerra.
Es importante también señalar cómo la I Guerra Mundial permitió la incorporación al trabajo de la mujer, puesto que los hombres estaban en el frente. Pronto se transformaría también el vestido femenino, facilitando a la mujer una mayor libertad corporal que la haría más dueña de sí misma, permitiéndole superar su condición legal de eterna menor de edad. En los países occidentales más adelantados (Gran Bretaña, EE.UU. y los países escandinavos) pronto se permitiría el sufragio femenino.
Por último, la I Guerra Mundial significó el cambio de liderazgo mundial: ante el hundimiento de las potencias europeas, EE.UU. se convirtió en la nueva potencia hegemónica.
Las posturas de los vencedores
En enero de 1919 se reunieron en París las veintisiete naciones victoriosas con el propósito de discutir una paz mundial. Pero desde el principio, los vencidos fueron excluidos de los debates y sólo se les llamó para firmar los tratados impuestos por el Consejo de los Cuatro, los jefes de Estado o de Gobierno de Francia (Georges Clemenceau), Reino Unido (Lloyd George), EE.UU (Woodrow Wilson) e Italia (Orlando).
Wilson, el Presidente de los EE.UU., había sintetizado en el Congreso de su país, en enero de 1918, los objetivos de una paz justa y duradera. Son los llamados catorce puntos de Wilson y, básicamente, defendían el fin de los imperios supranacionales y el respeto a las nacionalidades, el fin de la diplomacia secreta, la reducción de los armamentos nacionales, la libertad de navegación fuera de las aguas jurisdiccionales y la desaparición de las barreras económicas. Merece destacar su apuesta por la creación de una Sociedad de Naciones (SDN) de la que la ONU sería su heredera, una organización internacional que resuelva pacíficamente todos los conflictos, sobre la base del derecho internacional. Wilson pretendía también asegurar la independencia de Polonia (había formado parte del Imperio ruso hasta el Tratado de Brest-Litovsk, pese al fuerte sentido nacionalista polaco) concediéndole una salida al mar. Por otro lado, buscaba un entendimiento con la URSS. En cuanto a las reivindicaciones de los vencedores con respecto a los vencidos, queda constancia del apoyo hacia la restauración de la soberanía de Bélgica, a reajustar las fronteras italianas, a aceptar el punto de vista francés sobre los territorios ocupados por Prusia tras la guerra de 1870, y a fomentar la creación de Estados Nacionales en el Imperio austro-húngaro, los Balcanes y en el Imperio turco.
Sin embargo, los tratados de paz dejaron de lado a menudo esos objetivos por varias razones:
- El Congreso de los EE.UU., dominado por los republicanos, no apoyaba la política de su Presidente, demócrata, y tampoco deseaba romper la política internacional de aislamiento, que tan buenos frutos había cosechado, implicándose excesivamente en los problemas europeos.
- Las potencias vencedoras europeas y Francia, fundamentalmente, pretendían imponer una paz draconiana a Alemania, en especial.
- Existían divergencias entre los aliados: Gran Bretaña planeaba imponer su hegemonía sobre Oriente Próximo, aprovechando la disgregación del Imperio turco; Francia aspiraba a ser la principal potencia militar y política de Europa.
- Dificultad de trazar fronteras que respetaran las nacionalidades en la Europa Central y Balcánica.
La postura radical hacia el vencido tuvo consecuencias desastrosas: se generaron tensiones que condujeron al florecimiento de los fascismos y, en veinte años, a una nueva guerra mundial.
La Revolución Rusa y sus efectos
La Revolución de octubre fue considerada durante una buena parte del siglo XX como un acontecimiento épico: el triunfo de la primera revolución socialista de la historia que daría nacimiento a un nuevo Estado, la Unión Soviética. Ésta acabaría liderando, durante la Guerra Fría, el enfrentamiento contra el mundo capitalista, hasta que tras la caída del Muro de Berlín se hizo evidente que el modelo comunista había fracasado. Tras la toma de Petrogrado, se inauguró el II Consejo de los Soviets. Los Bolcheviques ocuparon el poder ilegalmente al expulsar de la asamblea a los demás socialistas, crearon los órganos de represión y establecieron una verdadera y cruel dictadura. Acto seguido, entregaron el poder ejecutivo al Consejo de Comisarios del Pueblo y establecieron sus dos principales decretos: el Decreto de la Paz, que llevó a la firma, a principios de 1918, del Tratado de Brest-Litovsk, por el que Rusia sufrió importantes amputaciones territoriales (Repúblicas Bálticas, Finlandia, Polonia y Ucrania), y el Decreto de la Tierra, por el que se nacionalizó la tierra y se entregó a los campesinos.
Lenin se preparaba ahora a afrontar una Guerra Civil, entre los rusos rojos (comunistas) y blancos (no comunistas). La Guerra se desarrollaría entre 1918 y 1921 y durante ese tiempo se desarrolló una política, Comunismo de guerra, en la que toda la economía estaba sometida a la necesidad de lograr el triunfo bolchevique. Los campesinos debían entregar sus cosechas al Estado, el comercio libre quedó prohibido y el resultado fue que al terminar la guerra, los índices económicos estaban completamente por los suelos, escalofriantemente por debajo de los de 1913. Lenin entonces, tuvo que transigir y estableció, de manera coyuntural, un tipo de economía mixta, la NEP, Nueva Política Económica, que liberalizaba el comercio interior y que permitía a los campesinos gestionar sus tierras. La economía empezó a crecer. Pero en 1924, la enfermedad de Lenin permitió a Stalin hacerse con el poder y decidió construir un auténtico Estado Socialista, con una economía plenamente dirigida por el Estado y la absoluta extinción de la propiedad privada. El Estado planteaba unos objetivos económicos a través de los Planes Quinquenales. Se trataba de transformar un país agrario en un país industrializado apostando por la industria de base, al tiempo que las granjas fueron colectivizadas (koljós). Cualquier opositor a las nuevas medidas era ingresado en un campo de concentración, como saboteador o criminal político, con condenas de hasta veinticinco años, y de hecho, buena parte del crecimiento industrial se debió a esa modalidad de trabajo esclavo. El mundo de la cultura tampoco escapó a las directrices estatales.
La Unión Soviética pretendía expandir el Comunismo al resto del mundo. A este fin estableció la III Internacional, la Komintern, con la consigna de establecer en todos los países de Europa Partidos Comunistas de obediencia a las consignas de Moscú. La crisis económica generada tras la I Guerra Mundial ofrecía una coyuntura favorable para conseguir estos objetivos.