Orígenes y Factores de la Revolución Industrial
En las sociedades preindustriales predominaba una agricultura de subsistencia y una industria artesanal poco desarrollada. La mayor parte de la población tenía escasa capacidad de compra, los medios de transporte eran lentos y el comercio se veía obstaculizado por la existencia de aduanas interiores. El desarrollo de la industria moderna fue un proceso de cambio que afectó a todos los sectores de la economía y de la sociedad, lo que permite calificarlo de revolucionario. Este proceso se inició en la región de Lancashire (Reino Unido), donde se concentraron numerosas fábricas textiles y siderúrgicas. Es lo que conocemos como la Revolución Industrial Británica. Estos cambios, iniciados en el Reino Unido, se extendieron posteriormente a otros países, lo que permitió hablar de la creación de un mercado mundial.
Esta Primera Revolución Industrial tuvo lugar aproximadamente entre 1780 y 1850 y se caracterizó por:
- El uso del carbón como fuente de energía principal.
- La máquina de vapor y la fábrica como símbolos del nuevo maquinismo.
- La industria textil de algodón como pionera del cambio.
Un factor básico: el crecimiento demográfico
La población inglesa se triplicó en siglo y medio. El éxito de la industrialización británica puede atribuirse, en parte, al crecimiento simultáneo de la población y de los recursos agrarios. La población creció debido a la conjunción de dos procesos: una alta natalidad y el descenso de la mortalidad.
La natalidad se vio favorecida por el adelanto de la edad de contraer matrimonio. Se redujo la mortalidad por dos causas principales:
- La dieta mejoró y aumentaron la cantidad y disponibilidad de alimentos.
- Se produjeron avances en la medicina y mejoras en las condiciones higiénicas.
Fue una revolución demográfica, ya que la población pasó de una fase de estancamiento a otra de rápida expansión.
Las transformaciones agrarias
La revolución agrícola se inició a principios del siglo XVIII con las Leyes de Cercamiento (Enclosure Acts) y la introducción de novedades técnicas. En Inglaterra, más de la mitad de las tierras eran propiedad de la baja nobleza (gentry), que las arrendaban a los campesinos sin tierra. El resto pertenecía a la alta nobleza y a los propietarios libres. Gran parte del suelo agrícola de Inglaterra eran campos abiertos (open fields) y su explotación colectiva beneficiaba a los campesinos más pobres.
Las Leyes de Cercamiento transformaron las tierras comunales en grandes parcelas privadas y valladas, lo que tuvo consecuencias importantes:
- Los campesinos sin tierra tuvieron dificultades para subsistir y muchos marcharon a buscar trabajo a las ciudades (éxodo rural).
- Aumentó la productividad de la tierra gracias a nuevas técnicas y sistemas de cultivo (como el sistema Norfolk).
Los cercados impedían que el ganado pastara libremente en los campos, por lo que se estabuló y empezó a ser alimentado con plantas forrajeras. Este sistema, además, contribuyó a incrementar la producción y la productividad agraria, ya que estas innovaciones permitieron aumentar la cabaña ganadera y disponer de más abono natural. La productividad agraria aumentó un 90% y los ingresos de los agricultores crecieron. El desarrollo agrario propició el despegue de la industria al liberar mano de obra, aumentar la demanda de bienes y proporcionar capitales. El sector primario perdió importancia relativa durante el siglo XIX a pesar del aumento de la productividad, debido al mayor crecimiento de los sectores industrial y de servicios.
Otros factores que favorecieron el despegue industrial británico
El contexto político e institucional
Reino Unido tenía una monarquía parlamentaria que estaba dominada por las clases medias urbanas y rurales, muy activas económicamente. El país era la primera potencia marítima y comercial del mundo. Desde el siglo XVII, Inglaterra había favorecido la libertad comercial y se había alejado del sistema de monopolios comerciales e industriales de otros países. Su economía logró un gran dinamismo. El proteccionismo de los productos agrícolas perduró hasta 1846 (abolición de las Corn Laws), pero este año se aprobó también la liberalización del sector agrario.
La industria textil algodonera
La industria del algodón fue el motor de los cambios. Inicialmente, los artesanos elaboraban el hilo a mano con un huso o una rueca. Pero el hilo que se obtenía era escaso y fino, y había que mezclarlo con lino para que fuera más resistente. La necesidad de innovar surgió por la creciente demanda de tejidos baratos y de calidad.
La mecanización del hilado empezó a desarrollarse con inventos como la Spinning Jenny (Hargreaves, 1764), la Water Frame (Arkwright, 1769) y la Mule Jenny (Crompton, 1779). Este desarrollo permitió aumentar enormemente la producción de hilatura. La producción aumentó tanto que se hizo necesario desarrollar nuevas máquinas de tejer para absorber la producción de hilo. Entre ellas destacó el telar mecánico de Cartwright (1785), que producía tela de algodón de más calidad, más barata y en mayor cantidad.
La máquina de vapor de James Watt, patentada en 1769 y puesta en funcionamiento en 1776, permitió utilizar la fuerza del vapor para mover las hiladoras y los telares. Utilizaban carbón como combustible y su uso se expandió con rapidez, dando lugar al sistema fabril (factory system).
La industria del algodón fue un sector rector, es decir, aquel que impulsó el desarrollo industrial y al que luego siguieron otros. Las necesidades de la industria algodonera potenciaron el crecimiento de otros sectores (siderurgia, minería, química). La elevada productividad de la industria del algodón permitió una drástica reducción de precios, que también se vio favorecida por el desarrollo del ferrocarril.
La industria siderúrgica
La siderurgia (producción de hierro) y la metalurgia (transformación de metales) también experimentaron notables avances en este periodo. Se empezó a utilizar el carbón de coque (obtenido de la hulla) como nuevo combustible, que sustituyó al carbón vegetal gracias a los trabajos de Abraham Darby (1709). Su uso cobró interés cuando Henry Cort inventó el pudelado (1783-1784), por el que se obtenía un hierro más puro y maleable, y el laminado, que facilitaba el trabajo del hierro. El resultado de estos avances fue la concentración de las fábricas cerca de las minas de carbón. El impulso del sector siderúrgico vino primero de la demanda de máquinas para la industria textil y, desde 1830, de las necesidades de la construcción del ferrocarril.
Transportes, Comercio y Capitales
La revolución de los transportes
La industria necesitaba un sistema eficaz de distribución, que a su vez requería una red de transporte rápido y fiable. La solución vino primero con la construcción de una red de canales que unieron los centros productores de materias primas con las zonas industriales. En Reino Unido, la construcción de canales y la mejora de las vías fluviales llegó a ser una “manía nacional”. Se alcanzaron los 6720 km en 1858.
Las carreteras y caminos empezaron a renovarse con la creación de una red radial y la mejora del firme con adoquinado y sistemas como el Macadam. Gran parte de estas carreteras eran privadas y de peaje (turnpikes).
El ferrocarril supuso una gran revolución. El ingeniero George Stephenson construyó la primera locomotora a vapor eficaz para el transporte de personas y mercancías, conocida como The Rocket, que realizó su primer trayecto en 1825 (línea Stockton-Darlington). En 1830 empezó a funcionar la primera línea férrea interurbana relevante: Liverpool-Mánchester.
Consecuencias del ferrocarril:
- Benefició a la industria metalúrgica, cuya producción aumentó mucho gracias a la fabricación de los trenes y los raíles.
- Significó un gran desarrollo para la ingeniería civil.
- Facilitó el transporte de materiales pesados.
- Acortó el tiempo de los viajes.
- Abarató el precio de las materias primas y los bienes en general.
- Potenció la formación de grandes sociedades de capital.
- Hizo que los desplazamientos de personas fueran más frecuentes y a mayor escala.
La red de transportes se completó con la introducción de la navegación a vapor. En 1807, Robert Fulton puso en funcionamiento el Clermont, el primer barco de vapor comercialmente viable.
La Difusión de la Industrialización
Durante el siglo XIX, otros países europeos, Estados Unidos y Japón transformaron sus economías hacia el modelo industrial. El cambio se inició generalmente con un aumento de la productividad en la agricultura. La introducción de máquinas provocó un excedente de mano de obra agrícola y el trasvase de fuerza de trabajo hacia la industria.
Bélgica
La industrialización comenzó entre 1800 y 1830. Bélgica contaba con una minería importante, una agricultura desarrollada y una larga tradición artesanal en el textil. La industria siderúrgica se concentró en torno a Lieja, donde la red de transportes facilitaba la llegada de carbón. El sector textil (lana y lino, luego algodón) se desarrolló en Flandes y Gante. En 1830 se creó la Société Générale de Belgique, un banco de inversión que financió activamente la industria.
Francia
La industrialización francesa fue más lenta y gradual. Se basó en el desarrollo del sector agrario, en la producción de bienes de consumo (especialmente artículos de lujo) y en fábricas pequeñas. Parte del campesinado tuvo acceso a la propiedad de la tierra tras la Revolución Francesa, lo que frenó la emigración a la ciudad. Las tasas de natalidad bajaron antes que en otros países, por lo que la población creció a ritmo lento. El efecto fue una menor demanda interna de productos industriales y menos mano de obra disponible para las fábricas. Siguió predominando el sector agrícola y existía un gran número de rentistas. Las inversiones se dirigieron sobre todo al mercado inmobiliario y a la deuda pública. Los mayores consumidores eran las clases altas, por lo que la industria se orientó a la elaboración de productos de lujo.
Alemania
Alemania no contaba con un espacio económico común al inicio del siglo XIX. La unificación económica comenzó entre 1815 y 1834, con la creación de la Unión Aduanera (Zollverein). Aun así, Alemania continuó siendo un mosaico de estados separados hasta la unificación política en 1871, lo que dificultó su industrialización inicial. Los sectores más dinámicos fueron la siderurgia y la metalurgia, potenciadas por el desarrollo del ferrocarril. La industrialización comenzó en las regiones donde existían grandes reservas de hierro y carbón (Ruhr, Sarre, Silesia). El desarrollo de un sistema educativo orientado hacia la ciencia aplicada y la técnica fue un factor decisivo para la industrialización alemana, así como la estrecha colaboración entre la banca y la industria.
Liberalismo Económico y Capitalismo
La Revolución Industrial impulsó un nuevo sistema económico: el capitalismo, basado en el liberalismo económico. La economía liberal se basaba en tres principios:
- La propiedad privada libre y sin limitaciones.
- La libre empresa, la libre contratación y la libre regulación del sistema productivo sin interferencias del Estado.
- Un mercado libre regulado solo por el beneficio y la ley de la oferta y la demanda (la “mano invisible”).
Bases teóricas del liberalismo económico
El principal teórico del liberalismo clásico fue el escocés Adam Smith (1723-1790), autor de La riqueza de las naciones (1776). Sostenía que lo que movía a las personas a actuar en economía era el interés individual (“buscar el propio beneficio”). Esta doctrina apoyaba la iniciativa privada frente al Estado, que debía reducir su papel (limitarse a defensa, justicia y obras públicas esenciales) y dejar que la “mano invisible” del mercado dirigiera libremente la economía. Smith defendió que la riqueza procedía del trabajo humano y fue quien primero estudió el aumento de la productividad como resultado de la división técnica del trabajo.
Posteriormente, surgió un liberalismo más pesimista:
- Thomas Robert Malthus (1766-1834) observó que la población crecía a un ritmo geométrico, mayor que los alimentos (que crecían aritméticamente). La consecuencia de esto es que periódicamente se produciría una fase de gran mortandad (guerras, epidemias, hambre) para volver a equilibrar la población y los recursos (crisis malthusiana). Para evitar la catástrofe proponía “frenos morales” como una reducción voluntaria de la natalidad (retraso del matrimonio, celibato).
- David Ricardo (1772-1823) defendió las ventajas del librecambismo y la división internacional del trabajo, argumentando que cada país debía especializarse en producir aquello para lo que tenía ventaja comparativa. También formuló la “ley de hierro de los salarios”, según la cual los salarios tenderían a situarse en el nivel mínimo de subsistencia.
- John Stuart Mill (1806-1873) defendió la iniciativa individual, la acumulación de capital y el libre mercado, pero introdujo matices, admitiendo una cierta intervención estatal para corregir desigualdades.
La Sociedad de Clases
La Revolución Industrial y el liberalismo transformaron la sociedad estamental del Antiguo Régimen en una sociedad de clases, definida por la riqueza y la propiedad.
Las clases bajas
Las clases bajas incluían a los sectores pobres tradicionales (campesinos sin tierra, jornaleros, trabajadores domésticos), pero lo más destacable fue la aparición de un nuevo grupo social de rápido crecimiento: el proletariado, formado por los obreros de las nuevas industrias. Hombres, mujeres y niños trabajaron en fábricas, minas o altos hornos como mano de obra asalariada. Se implantó una disciplina laboral inhumana, con largas jornadas, salarios bajos y condiciones insalubres y peligrosas. Los contratos ignoraban cualquier derecho (inexistencia de seguros de enfermedad, accidente o jubilación). Esta situación comenzó a cambiar lentamente a mediados del siglo XIX, cuando los obreros se organizaron para reivindicar sus derechos (movimiento obrero).
Las clases medias
Las clases medias también experimentaron un notable aumento. Los sectores tradicionales (pequeños comerciantes, artesanos, propietarios agrícolas) siguieron existiendo, pero a lo largo del siglo XIX se produjo un incremento espectacular de otras profesiones. Aparecieron los trabajadores cualificados de la industria (técnicos, capataces). Su importancia fue creciendo a medida que surgían nuevas necesidades y que la tecnificación de la industria aumentaba. Hubo cambios revolucionarios en el sector de los servicios (banca, comercio, transportes), lo que generó la aparición de nuevas ocupaciones (empleados de oficina, dependientes). También aumentó el número de personas que se dedicaban a profesiones liberales (abogados, médicos, profesores). Hubo un crecimiento considerable de los funcionarios al expandirse las administraciones estatales.
Las clases altas
La nobleza perdió su papel tradicional como grupo rector de la sociedad y sus privilegios legales, aunque conservó su prestigio social, influencia política y, en muchos casos, grandes propiedades agrarias.
La Revolución Industrial supuso el triunfo de la burguesía como grupo social predominante, que controlaba el poder político y económico. El miembro más destacado de la burguesía fue el empresario industrial, cuyo poder e influencia aumentaron continuamente durante el siglo XIX. Sus orígenes sociales eran muy diversos (antiguos artesanos, comerciantes, propietarios agrarios). El empresario industrial era, a la vez, un inversor de capital, un conocedor del mercado (comerciante) y un gestor con gran capacidad organizativa. Junto a ellos, destacaban los grandes comerciantes, los banqueros y los altos funcionarios.
La Segunda Revolución Industrial
En la segunda mitad del siglo XIX, especialmente entre 1870 y 1914, tuvo lugar una segunda fase de desarrollo económico con rasgos propios. Se emplearon nuevas fuentes de energía, se crearon nuevas industrias, los transportes y comunicaciones experimentaron un gran avance y surgieron nuevas potencias industriales.
Nuevas fuentes de energía y nuevas industrias
La relación entre investigación científica y empresa se intensificó. Se generalizó la necesidad de proteger la invención mediante patentes. Se desarrollaron los laboratorios de investigación públicos y privados. Hubo grandes innovaciones en múltiples sectores.
La industria metalúrgica
En la siderurgia hubo grandes logros tecnológicos. La producción de acero de mayor calidad y a más bajo coste fue posible gracias a la aplicación del Convertidor Bessemer (1856), del horno Martin-Siemens (1864) y del método de eliminación del fósforo en ciertos tipos de hierro (Thomas-Gilchrist, 1878). Las características del acero (elasticidad, dureza, resistencia) posibilitaron la fabricación de máquinas y motores más precisos, ligeros y pequeños, además de ser un material excelente para la construcción de ferrocarriles, barcos, puentes y, más tarde, rascacielos y automóviles. El hallazgo de aceros especiales (aleaciones con níquel, cromo, etc.) y de nuevos metales (aluminio, níquel, cobre) permitió el desarrollo de industrias clave del siglo XX, como la automovilística y la aeronáutica.
La industria química
El nacimiento de la industria química moderna a mediados del siglo XIX estuvo ligado a los avances científicos y técnicos, como el método Solvay de producción de sosa (1863) para blanquear las telas y la síntesis de compuestos orgánicos que permitió obtener colorantes artificiales (anilinas), explosivos (dinamita, Nobel 1867), fibras artificiales (rayón) y productos farmacéuticos (aspirina, Bayer 1897). La mayor parte de la producción del sector químico eran productos de base (ácido sulfúrico, sosa), productos derivados de la destilación de la hulla (alquitrán, benzol), abonos minerales elaborados (superfosfatos, nitratos sintéticos) y explosivos.
El petróleo y la electricidad
La Segunda Revolución Industrial se caracterizó por la aparición de dos nuevas fuentes de energía que competirían con el carbón (aunque este siguió siendo la fuente más utilizada hasta mediados del siglo XX).
- La electricidad: Era conocida, pero su uso industrial fue posible gracias a una serie de innovaciones que resolvieron los problemas relacionados con su producción, transformación y distribución: el invento de la dinamo (Gramme, 1869), la lámpara de filamento incandescente (Edison, 1879), los motores eléctricos y las turbinas hidráulicas para producir electricidad en las centrales hidroeléctricas. El invento del alternador y el transformador, poco antes de 1900, permitió el transporte de la corriente eléctrica a largas distancias mediante cables de alta tensión, facilitando el uso de la electricidad en la industria (motores), el alumbrado público y privado, los transportes (tranvías, metros) y las comunicaciones (telégrafo, teléfono, radio).
- El petróleo: Su existencia se conocía desde la antigüedad, pero su aplicación industrial comenzó a mediados del siglo XIX cuando se realizaron las primeras perforaciones en Estados Unidos (Edwin Drake, 1859). Inicialmente se usó para iluminación (queroseno), pero su gran impulso estuvo ligado al desarrollo del motor de explosión (Otto, 1876; Daimler y Benz, 1885) que utilizaba derivados del petróleo (gasolina, diésel) como combustible. El petróleo empezó a usarse también como materia prima para la obtención de subproductos y materiales plásticos, con lo que se originó la industria petroquímica.
El gran impulso de los transportes y las comunicaciones
Un espectacular progreso en los transportes y las comunicaciones tuvo intensos efectos económicos y sociales durante la segunda mitad del siglo XIX y las primeras décadas del siglo XX.
El ferrocarril
Se convirtió en el “rey” de los transportes terrestres. La sustitución del hierro por el acero en los raíles y en la fabricación de locomotoras y vagones permitió aumentar la resistencia, la capacidad de carga y la velocidad, así como la seguridad. Hacia 1870 se hallaban en pleno funcionamiento las grandes redes ferroviarias continentales en Europa y Estados Unidos, que unificaron los mercados nacionales e impulsaron el comercio.
La navegación a vapor
A partir de 1865, los buques de vapor acabaron imponiéndose a los barcos de vela a causa de las innovaciones técnicas: la sustitución de los cascos de madera por los de hierro y acero, y de las ruedas de palas por la hélice, disminuyeron los costes de mantenimiento y aumentaron el espacio reservado a mercancías y pasajeros. La apertura de los canales interoceánicos de Suez (1869) y de Panamá (1914) acortó enormemente las distancias y redujo las tarifas del transporte marítimo. Las innovaciones técnicas en la refrigeración (barcos frigoríficos) permitieron el transporte de carne y otros productos perecederos a largas distancias.
El automóvil y la aviación
El nacimiento del automóvil está ligado al desarrollo de dos inventos clave: el motor de explosión y el neumático (Dunlop, 1888; Michelin, 1895). El primer automóvil propulsado por gasolina fue desarrollado por Karl Benz en 1885. Pronto, Estados Unidos tomó el liderazgo en la fabricación de coches gracias a innovaciones como la cadena de montaje de Henry Ford (Ford T, 1908). El automóvil no alcanzó su auge definitivo como medio de transporte masivo hasta después de 1945.
También en esta época la aviación dio sus primeros pasos con la invención del aeroplano por los hermanos Wright (primer vuelo controlado en 1903). Su desarrollo significativo no llegó hasta la Primera Guerra Mundial (1914-1918).
Otros medios de transporte
La bicicleta se popularizó a finales del siglo XIX como medio de transporte individual y de ocio. Su uso contribuyó a la renovación y la mejora de las carreteras, lo que preparó el camino para el desarrollo posterior del automóvil.
Las comunicaciones
El telégrafo eléctrico (Morse, 1837) ya había revolucionado las comunicaciones, pero su alcance se amplió con los cables submarinos. El teléfono (Bell, 1876) y la telegrafía sin hilos (Marconi, 1895), base de la futura radio, permitieron una transmisión casi instantánea de las noticias y la voz, y no tardaron en ser utilizados en las grandes empresas y en la vida cotidiana. Las innovaciones técnicas en la prensa (rotativa, linotipia) y las artes gráficas abrieron paso a la prensa de masas. Surgió la radio a principios del siglo XX.
Las Nuevas Potencias Industriales
En 1870, el Reino Unido era el principal productor mundial, pero en 1913 se vio sobrepasado por Estados Unidos y Alemania. Estos dos países tomaron la delantera en los sectores característicos de la Segunda Revolución Industrial: siderúrgico, químico y eléctrico. Reino Unido mantuvo, sin embargo, su liderazgo financiero y comercial mundial hasta la Primera Guerra Mundial.
Estados Unidos
Se convirtió en la primera potencia industrial del mundo a finales del siglo XIX. Ello se explica por la conjunción de varios factores:
- Un enorme mercado interior: la población aumentó muy rápidamente (inmigración masiva) lo que estimuló la demanda de todo tipo de productos.
- La abundancia de recursos minerales (carbón, hierro, petróleo), materias primas y tierra fértil.
- La rápida construcción de una amplia red ferroviaria que atravesó el país de este a oeste y contribuyó a la colonización de territorios, a la explotación de recursos y a la formación de un mercado nacional integrado.
- Una temprana división geográfica del trabajo: el noreste industrial, el sur agrario (algodón, tabaco) y el oeste agrícola y ganadero.
- La aplicación de innovaciones técnicas y nuevos sistemas de organización del trabajo (taylorismo, fordismo).
La gran empresa industrial moderna nació en Estados Unidos. En la década de 1880 surgieron las grandes corporaciones (trusts) en los sectores líderes: el acero (Carnegie), el petróleo (Rockefeller), la electricidad (Edison, Westinghouse), el telégrafo y el teléfono (AT&T) y el automóvil (Ford, General Motors). El gobierno aprobó leyes anti-trust (Ley Sherman, 1890) que trataron de proteger, sin mucho éxito inicial, la libre competencia.
Alemania
Tras su unificación en 1871, Alemania experimentó un crecimiento industrial espectacular y se convirtió en la segunda potencia industrial del mundo. En 1913 ocupaba el segundo puesto en el comercio mundial.
Factores clave de su éxito:
- Desarrollo considerable de los medios de transporte (ferrocarril, canales, flota mercante).
- Una rápida aplicación de las nuevas técnicas y de la organización científica de la producción.
- Un sistema educativo enfocado a la ciencia y la técnica, y una estrecha colaboración entre universidad e industria.
- La política proteccionista del gobierno alemán, que favorecía los intereses de los grandes terratenientes (junkers) y de los empresarios siderúrgicos e industriales.
- Un alto grado de concentración industrial y financiera (Konzerns y cárteles) que contribuyó a la creación de grandes empresas, con una fuerte participación de la banca en la industria.
Japón Meiji
En 1854, un navío de guerra estadounidense (Comodoro Perry) amenazó con bombardear Tokio si Japón no abría sus mercados al comercio exterior. Esta presión extranjera aceleró el fin del sistema feudal (shogunato Tokugawa) en 1868 e impulsó la Restauración Meiji, un proceso de modernización económica, política y social liderado por el emperador Mutsuhito.
El gobierno Meiji adoptó los modelos occidentales. El Estado casi monopolizó la actividad empresarial entre 1868 y 1880, creando industrias estratégicas (armamento, astilleros, textil, minería). A partir de 1880-1882, el Estado facilitó la adquisición de las empresas gubernamentales por parte de grandes capitalistas privados, lo cual permitió una enorme concentración industrial y financiera que adoptó formas similares a los trusts y que en Japón se denominaron zaibatsu (grandes conglomerados familiares como Mitsubishi, Mitsui, Sumitomo).
El mercado interno era incapaz de consumir toda la producción industrial. Por ello, las grandes corporaciones y el gobierno defendieron la expansión de Japón hacia el Pacífico y el continente asiático en busca de mercados y materias primas. Poco antes de 1914, Japón se había convertido en una gran potencia industrial y militar en Asia.
La Primera Mundialización de la Economía Capitalista (1870-1914)
Entre 1870 y 1914, la economía mundial se integró como nunca antes, en un proceso conocido como la primera globalización.
La nueva organización de la producción
La aparición de nuevos países y potencias industriales incrementó la competencia. Las empresas necesitaban crecer para ser competitivas. Las pequeñas empresas familiares carecían de los medios económicos necesarios para invertir en innovaciones técnicas, nuevos sistemas de producción (como el taylorismo -organización científica del trabajo- y el fordismo -cadena de montaje-) y abrir nuevos mercados. Muchas se convirtieron en sociedades anónimas (S.A.), donde el capital se divide en acciones que se compran y venden en la bolsa.
Se produjo un proceso general de concentración empresarial para limitar la competencia y controlar los mercados. La concentración adoptó diversas formas:
- Horizontal: Fusión de empresas del mismo sector (ej. varios bancos).
- Vertical: Fusión de empresas que realizan fases sucesivas de un mismo proceso productivo (ej. mina de carbón, siderurgia, fábrica de locomotoras).
Las diferentes formas de concentración (cártel, trust, holding) fueron un intento para imponer prácticas monopolistas u oligopolistas de control de los precios y los mercados, eliminando la competencia.
La participación de los bancos en la industria se realizó a través de los bancos de negocio o industriales, cada vez más especializados en el préstamo a largo plazo y la inversión directa en empresas. La unión del capital industrial y del capital bancario dio lugar al denominado capitalismo financiero.
Integración de los mercados de capital y desarrollo del comercio internacional
Las exportaciones de capital procedieron principalmente de Europa Occidental (Reino Unido, Francia, Alemania). Los capitales se invertían en países en los que se obtenían mayores rendimientos (mayor rentabilidad o seguridad), por lo que se dirigieron principalmente a América (EEUU, Canadá, Latinoamérica), Rusia y los imperios coloniales.
El comercio internacional experimentó un notable incremento, a pesar de que, tras una breve fase librecambista (aprox. 1860-1873), la mayoría de las potencias industriales adoptaron una política proteccionista (altos aranceles aduaneros) para fomentar el crecimiento de sus industrias frente a la competencia exterior.
Factores que favorecieron el desarrollo del comercio:
- El descenso de los precios de los productos industriales y agrarios favoreció el aumento del número de consumidores.
- La revolución de los transportes (ferrocarril, barco de vapor) posibilitó la llegada de diversos productos a todos los rincones del mundo y la reducción drástica del precio del transporte.
- El desarrollo de un sistema monetario internacional basado en el patrón oro, que facilitaba los intercambios al establecer tipos de cambio fijos entre las principales divisas.
Europa dominó los intercambios comerciales: importaba materias primas y alimentos de otras partes del mundo (colonias, América) y exportaba sus productos manufacturados.
La expansión demográfica y las grandes migraciones
La población europea creció a un ritmo espectacular en la segunda mitad del siglo XIX (pasó de unos 270 millones en 1850 a más de 400 millones en 1900). Esta segunda fase de la transición demográfica se debió a un acelerado descenso de la mortalidad (especialmente la infantil), gracias a la mejora de la alimentación, los progresos en la medicina (vacunas, asepsia) y la higiene pública y privada. La natalidad comenzó a descender más tarde y de forma más lenta.
Estos cambios en la población europea dieron lugar a dos hechos de enorme importancia:
- El trasvase de numerosos contingentes humanos del campo hacia las ciudades (éxodo rural e intenso proceso de urbanización).
- La emigración masiva de europeos a territorios de ultramar.
Distintos factores explican las migraciones transoceánicas:
- La fuerte tasa de crecimiento natural en Europa (presión demográfica).
- Las diferencias de salarios entre el país de origen y el de destino.
- El efecto llamada: los inmigrantes ya establecidos enviaban información y dinero para financiar los viajes de familiares y amigos.
- El abaratamiento y mejora de los transportes marítimos.
- La ausencia de restricciones significativas a la entrada de inmigrantes en la mayoría de los países receptores.
- La disponibilidad de tierras vírgenes o empleo en los lugares de destino.
Unos 60 millones de europeos emigraron fuera de Europa entre 1800 y 1914, principalmente a América (Estados Unidos, Canadá, Argentina, Brasil), pero también a Australia, Nueva Zelanda o Sudáfrica. Estados Unidos fue el principal receptor, con unos 35 millones de inmigrantes entre 1840 y 1914.
La emigración europea se produjo en dos grandes fases u oleadas:
- Hasta 1870-1880: Predominan los emigrantes de Gran Bretaña, Irlanda (especialmente tras la Gran Hambruna de la patata, 1845-1849) y Alemania.
- Desde 1870-1880 hasta 1914: La emigración se acelera y cambian los orígenes. Predominan ahora los emigrantes del sur y este de Europa (italianos, españoles, portugueses, polacos, rusos, austrohúngaros). A partir de 1870, el número de emigrantes alemanes disminuyó debido al intenso proceso de industrialización del país tras la unificación.
También la migración de indios y chinos fue bastante elevada en este periodo, aunque a menudo en condiciones de semiesclavitud (coolies) hacia colonias europeas o América. Destaca la emigración de población china a Estados Unidos, que llegó masivamente a la costa Pacífica de este país entre 1850 y 1882 (cuando se aprobaron leyes de exclusión).
Causas de la Expansión Imperialista
El imperialismo del último tercio del siglo XIX y principios del XX fue un fenómeno complejo afectado por causas económicas, políticas, ideológicas, religiosas y científicas.
Causas económicas
Hasta la década de 1870, la expansión territorial de los países europeos fue relativamente reducida. El auge del librecambio permitió que las potencias vendieran su producción industrial a otros países sin necesidad de un control político directo. Sin embargo, la crisis económica iniciada en 1873 y la creciente competencia internacional acentuaron el nacionalismo económico, y la mayoría de los grandes países industrializados adoptaron políticas proteccionistas.
En este contexto, se argumentó la necesidad de buscar nuevos mercados exclusivos (las colonias) para:
- Vender los excedentes de la producción industrial metropolitana.
- Obtener materias primas y fuentes de energía baratas de las que carecían las metrópolis.
- Invertir los excedentes de capital en lugares donde la mano de obra era más barata y se esperaban mayores beneficios (construcción de infraestructuras, plantaciones, minas).
Este intercambio desigual entre las metrópolis y las colonias permitiría a las primeras un crecimiento económico ininterrumpido.
Causas políticas
Los gobiernos de las grandes potencias coloniales mostraron un interés permanente por el control y el dominio de rutas cuya importancia estratégica era esencial (rutas marítimas, pasos terrestres, áreas de influencia). La expansión colonial se convirtió también en una cuestión de prestigio nacional o un medio para evitar el fortalecimiento de países rivales (equilibrio de poder). Se justificó la expansión imperialista como una defensa de los intereses nacionales y se tradujo en la extensión del dominio político sobre otros territorios.
Causas ideológicas
Paralelamente al auge del nacionalismo en Europa, se extendió una mística imperialista, mezcla de exaltación de los valores que representaba cada nación, de voluntad de poder y de sueños de grandeza. A este patriotismo exaltado y cargado de sentimientos nacionalistas, a menudo agresivos, se añadieron connotaciones racistas. En toda Europa proliferaron postulados racistas que afirmaban la superioridad de la raza blanca y su “misión civilizadora” sobre los pueblos considerados inferiores. Era una ideología derivada, en parte, de una mala interpretación del darwinismo social, que aplicaba la teoría de la evolución y la supervivencia del más apto a las sociedades humanas.
También influyeron causas religiosas (deseo de evangelizar a los pueblos paganos) y científicas (interés por explorar territorios desconocidos, sociedades geográficas).
Las Formas de Dominación Colonial
La administración local de los territorios coloniales recayó en principio en las compañías privilegiadas de comercio, que recibieron amplios poderes. Posteriormente, el Estado asumió directamente estas funciones. Hubo sistemas de control colonial muy variados:
- Las colonias: Eran aquellos territorios en los que la población indígena estaba totalmente sometida a la potencia colonial, que imponía su administración directa. El poder de la metrópoli se ejercía por medio de un Gobernador. Un tipo peculiar fueron las colonias de poblamiento, en las que se asentó una numerosa población europea que impuso su lengua, formas de vida e instituciones (ej. Argelia, Sudáfrica).
- Los dominios: Eran específicos del Imperio Británico. Eran colonias de poblamiento a las que se les aplicó un sistema de autogobierno. Los poderes del Gobernador (representante de la Corona) estuvieron limitados por un gobierno designado por una asamblea elegida por los colonos. Los dominios (Canadá, Australia, Nueva Zelanda, Sudáfrica) gozaron de completa autonomía en la política interior, pero la política exterior se decidía en la metrópoli.
- Los protectorados: Eran territorios coloniales donde ya existía un Estado soberano con su propia estructura política y cultural. La potencia colonial respetaba, teóricamente, al gobierno indígena, pero ejercía el control militar, la dirección de la política exterior y la explotación económica (ej. Marruecos, Túnez, Egipto).
- Las concesiones: Un Estado cedía, de forma temporal, territorios a una potencia colonial, que los controlaba económicamente (ej. puertos comerciales en China) pero sin desplazar a ellos ni funcionarios ni militares de forma permanente.
El Reparto de África
Hasta 1870, la presencia europea en África se limitaba a factorías costeras o pequeños enclaves coloniales en zonas próximas al mar. En el último tercio del siglo XIX se produjo una total ocupación del territorio, conocida como la “carrera por África“.
Los primeros pasos
En África mediterránea, Francia inició en 1830 la ocupación de Argelia y en 1848 la proclamó oficialmente territorio francés, aunque la conquista no concluyó hasta 1870. En 1881, los franceses establecieron un protectorado sobre Túnez.
En Egipto entraron en colisión los intereses franceses e ingleses por el dominio de la ruta del Canal de Suez (inaugurado en 1869 con capital mayoritariamente francés). Reino Unido estaba interesado en el control de Egipto para asegurar su ruta hacia la India. Aprovechando una revuelta nacionalista, en 1882 se produjo la ocupación militar británica de Egipto, que se convirtió de facto en un protectorado británico.
Misioneros (Livingstone), exploradores (Stanley) y aventureros abrieron el resto de África a Europa, explorando los grandes ríos (Níger, Congo, Nilo, Zambeze) y revelando sus riquezas.
La Conferencia de Berlín
Las rivalidades entre Francia y Bélgica (el rey Leopoldo II actuaba a título personal) por el Congo, y el creciente interés de los comerciantes alemanes por África central, impulsaron al canciller alemán Bismarck a celebrar una Conferencia Internacional en Berlín entre 1884 y 1885. En ella se adoptaron una serie de acuerdos que debían regular la ocupación del territorio africano:
- La libertad de comercio y de navegación por los ríos Níger y Congo.
- La prohibición de la esclavitud.
- El reconocimiento del “Estado Libre del Congo” como una colonia a título personal del rey Leopoldo II de Bélgica (posteriormente cedido al Estado belga en 1908).
- El principio de la ocupación efectiva: era necesario ocupar de verdad un territorio para reclamarlo, no bastaba con explorarlo o poner una bandera.
Tras la conferencia, nuevas potencias se incorporaron al reparto de África. Italia se apoderó de Somalia y Eritrea, pero fracasó en su intento de conquistar el reino de Abisinia (Etiopía), al sufrir la derrota de su ejército colonial en la batalla de Adua (1896). Alemania, que llegó tarde a la carrera colonial, estableció colonias en África Oriental Alemana (Tanganica), África Occidental Alemana (Togo, Camerún) y en el área desértica del suroeste de África (África del Sudoeste Alemana, actual Namibia).
Los conflictos internacionales
La carrera por ocupar África generó tensiones y conflictos entre las potencias:
- Imperios continuos: El Reino Unido pretendía formar un imperio africano continuo que uniese El Cairo (norte) con El Cabo (sur) del continente, enlazado con una línea de ferrocarril (“del Cabo al Cairo”). Este proyecto entró en colisión con el propósito francés de crear un eje colonial de oeste a este, desde Senegal hasta Yibuti. Esto dio lugar a un grave incidente en Fachoda (Sudán) en 1898, donde coincidieron expediciones militares de ambos países. El conflicto se resolvió por vía diplomática a favor de Reino Unido, pero evidenció la tensión existente.
- Conflictos en África Austral: Se enfrentaron los intereses de los portugueses (Angola, Mozambique), la presencia de Alemania en África del Sudoeste, y sobre todo, las tensiones entre los británicos y los colonos holandeses (bóers o afrikáners). Estas tensiones se agravaron desde el descubrimiento de yacimientos mineros de oro y diamantes en las repúblicas bóers independientes de Orange y Transvaal, desencadenando la llamada Guerra Anglo-Bóer (1899-1902), que terminó con la victoria británica y la anexión de dichas repúblicas.
- Crisis marroquíes: A principios del siglo XX surgieron nuevos enfrentamientos imperialistas. Su escenario fue Marruecos. La pretensión francesa de establecer un protectorado sobre el reino de Marruecos y la oposición alemana a ello (defendiendo sus propios intereses económicos y buscando debilitar la alianza franco-británica) provocaron dos graves crisis internacionales (1905 y 1911). Marruecos se convirtió en un foco de tensiones constantes entre Francia y Alemania, hasta el punto de ser una de las causas indirectas de la Primera Guerra Mundial. Finalmente, se estableció un protectorado franco-español en 1912.
La Expansión Imperialista en Asia
El Imperio Ruso
Rusia había ocupado Siberia en el siglo XVII y se dirigió a mediados del XIX hacia las fértiles tierras de Turquestán (Asia Central). A partir de 1880-1890, con la construcción del ferrocarril Transiberiano hasta Vladivostok y del ramal Transmanchuriano, la presencia rusa en Extremo Oriente se extendió hacia Manchuria. Los avances rusos en Asia Central incrementaron la hostilidad con el Reino Unido (el “Gran Juego” por el control de Persia y Afganistán). La penetración rusa en Manchuria originó el choque con Japón, que desembocó en la Guerra Ruso-Japonesa (1904-1905), en la que Rusia fue derrotada.
El Imperio Británico
La India (“la joya de la Corona”) constituyó el objeto preferente del colonialismo británico en Asia. Inicialmente administrada por la Compañía Británica de las Indias Orientales, disponía de un ejército de soldados indios al servicio británico: los cipayos. Pero en 1857-1858, los cipayos, ante el desprecio de los oficiales británicos por sus creencias religiosas y costumbres, se sublevaron (Revuelta de los Cipayos). La revuelta obligó al gobierno británico a reorganizar la administración colonial: la Compañía fue suprimida y la India pasó a depender directamente de la Corona, siendo gobernada por un Virrey (1858). La reina Victoria fue proclamada Emperatriz de la India en 1877.
Para proteger la India, Reino Unido ocupó territorios circundantes: Birmania (1886), que fue anexionada a la India, y el centro y sur de Malasia (entre 1874 y 1885). También consolidó su dominio sobre Australia y Nueva Zelanda, que se convirtieron en Dominios entre 1901 y 1907.
El Imperio Francés
La conquista francesa de Indochina se inició en 1858-1860 con la ocupación del delta del río Mekong (Cochinchina) y la firma de un tratado con el rey de Annam (Vietnam). Posteriormente ocuparon Camboya, Annam y Tonkín. En 1887 se constituyó la Unión General de Indochina (formada por Cochinchina, Camboya, Annam, Tonkín), a la que se incorporó Laos en 1893. Ese mismo año se acordó la neutralidad de Siam (actual Tailandia) como estado independiente que sirviera de tapón entre las posesiones británicas y francesas.
Otros imperios
Los holandeses afirmaron su administración sobre las Indias Orientales Holandesas (actual Indonesia). Los alemanes ocuparon la mitad nororiental de Nueva Guinea y varios archipiélagos en el Pacífico (islas Marshall, Salomón, Carolinas y Marianas).
El caso de China
China fue el gran objetivo comercial de las potencias europeas y, más tarde, de Estados Unidos y Japón. La prohibición del gobierno chino a la entrada del opio indio (que los británicos introducían ilegalmente para equilibrar su balanza comercial, ya que compraban mucho té y seda chinos) originó las llamadas Guerras del Opio (1839-1842 y 1856-1860).
Tras estas guerras, Reino Unido y Francia obligaron a los chinos a negociar una serie de tratados desiguales:
- China cedió Hong Kong al Reino Unido.
- Se abrieron numerosos puertos al comercio exterior.
- Se otorgaron derechos especiales (extraterritorialidad) a los comerciantes extranjeros, a los que permitían establecer colonias propias (concesiones) en ciertas ciudades y controlar las aduanas chinas.
China se convirtió así en un mercado abierto para los productos europeos, lo que causó la ruina de los comerciantes y artesanos autóctonos. Esto alteró el orden social y político del imperio y motivó el estallido de varias insurrecciones populares (como la Rebelión Taiping, 1850-1864).
La década de 1880 marcó el comienzo del reparto informal del territorio chino en zonas de influencia entre las potencias (Reino Unido, Francia, Rusia, Alemania, Japón). Las derrotas chinas ante Francia (1884-1885) y sobre todo ante Japón (1894-1895) aceleraron este proceso, tras las cuales los emperadores chinos cedieron el control de una serie de puertos y áreas de influencia para la explotación de ciertos recursos (minas, ferrocarriles).
La xenófoba Revuelta de los Bóxers (1900-1901), dirigida contra los extranjeros, fue aplastada por una fuerza internacional. Su derrota afianzó el sistema de concesiones, pero también reforzó el sentimiento nacionalista y anti-manchú en China. En 1911, una revolución desembocó en la proclamación de la República de China, que puso fin a la dinastía manchú.
Las Consecuencias del Imperialismo
La explotación económica
Los europeos practicaron la llamada “economía del pillaje“, explotando con el menor coste posible unos inmensos territorios con abundantes recursos naturales. Los colonos europeos se apropiaron de las tierras (las más fértiles), desplazando por la fuerza a los indígenas a zonas más pobres.
Las grandes compañías recibieron de sus metrópolis concesiones gratuitas para explotar las tierras por el sistema de plantaciones dedicadas al monocultivo (caucho, café, cacao, té, algodón), orientado a la exportación hacia la metrópoli. Se explotaron también los recursos mineros.
La imposición de la economía de mercado y la ruina de las actividades artesanales indígenas por la competencia industrial europea aumentaron la miseria de la mayoría de la población sometida a la colonización. Se impuso el trabajo forzado en muchos casos.
La explotación de los recursos, el control de los mercados coloniales y las preocupaciones estratégicas impulsaron a las metrópolis a equipar a las colonias con infraestructuras como ferrocarriles, carreteras, puertos y líneas telegráficas, pero siempre en función de los intereses metropolitanos (facilitar la salida de materias primas y la entrada de manufacturas).
Las metrópolis europeas impusieron sus monedas, sus sistemas fiscales y elevaron las tarifas aduaneras sobre las mercancías para financiar los gastos de la administración colonial y dificultar el comercio con otras potencias.
El impacto social y político
La introducción de la medicina europea (higiene, vacunas) permitió reducir la mortalidad, mientras la natalidad seguía siendo alta. El consiguiente crecimiento de la población, unido al despojo de tierras y al rápido proceso de urbanización (sin planificación ni servicios), provocaron un hambre crónica en muchas zonas y un incremento de las tensiones sociales.
La colonización provocó la destrucción de las estructuras sociales y políticas tradicionales indígenas. Se crearon fronteras artificiales que no respetaban las divisiones étnicas o tribales preexistentes, lo que supuso la unión o división forzada de grupos tribales y étnicos diferentes. Esto ocasionó innumerables conflictos políticos, sociales y étnicos tras la descolonización, muchos de los cuales perduran hoy.
Se impuso la cultura occidental (lengua, religión, costumbres), produciéndose un fenómeno de aculturación. En el seno de la administración colonial y a través de la educación occidentalizada, se forjó una élite indígena en la que se difundieron ideas liberales, democráticas y socialistas procedentes de Europa. Esta élite sería la protagonista de los movimientos nacionalistas que, ya en el siglo XX, aspiraban a la independencia.
El Imperialismo no Europeo
El expansionismo japonés
El Japón Meiji experimentó un rápido crecimiento económico y aplicó medidas modernizadoras siguiendo el modelo occidental. Esta política vino acompañada por un agresivo afán expansionista cuyo objetivo era hacerse con el dominio de Corea y China, buscando asegurar su espacio vital y recursos.
Las razones del imperialismo japonés fueron:
- La presión demográfica en un territorio insular y montañoso.
- La búsqueda de mercados exteriores para sus productos industriales.
- La necesidad de recursos naturales (hierro, carbón, petróleo) de los que carecía para consolidar su industrialización.
- Un fuerte nacionalismo y ambiciones de poder regional.
Una vez conquistados los archipiélagos cercanos (islas Ryukyu, islas Kuriles), Japón forzó a Corea a abrir tres puertos y permitir el asentamiento de migrantes japoneses (Tratado de Kanghwa, 1876). Derrotó a China en la Guerra Sino-Japonesa (1894-1895), obteniendo Taiwán (Formosa) y la península de Liaodong (aunque tuvo que devolverla por presión occidental). Japón atacó a Rusia en 1904 sin previa declaración de guerra (ataque a Port Arthur) y aniquiló a la flota rusa en la batalla de Tsushima (1905). Tras la Guerra Ruso-Japonesa, Japón obtuvo el sur de la isla de Sajalín, el protectorado sobre Corea (que se anexionó formalmente en 1910) y consolidó su dominio sobre Manchuria.
El imperialismo estadounidense
En el imperialismo estadounidense primaron los factores ideológicos y geopolíticos, aunque también hubo intereses económicos.
- Factores ideológicos: El sentimiento de superioridad del pueblo estadounidense, exaltado por doctrinas diversas como la Doctrina Monroe (1823), que precisaba que el continente americano era el área de influencia exclusiva de Estados Unidos (“América para los americanos”), y la doctrina del Destino Manifiesto, que defendía que el pueblo estadounidense tenía una misión divina para expandirse y apropiarse de cualquier territorio que estuviese destinado a formar parte de Estados Unidos. Estas doctrinas consolidaron un fuerte sentimiento nacionalista y expansionista.
- Factores geopolíticos: Las concepciones defendidas por el almirante Alfred T. Mahan en su obra La influencia del poder naval en la historia (1890) tuvieron un amplio seguimiento. Mahan era partidario de afianzar la posición de Estados Unidos como potencia mundial por medio del dominio estratégico del mar (control de puntos clave, una potente marina de guerra).
- Factores económicos: La necesidad de nuevos mercados para la creciente producción industrial y la búsqueda de materias primas, especialmente en el área del Caribe y el Pacífico.
Las intervenciones de Estados Unidos se sucedieron en el Caribe y en otros estados americanos, en el Pacífico y en China.
En 1898, el presidente McKinley, con el apoyo de poderosos medios económicos, la prensa sensacionalista (yellow press) y los sectores nacionalistas, intervino en la guerra que mantenía España con sus colonias de Cuba y Filipinas (Guerra Hispano-Estadounidense). Tras una rápida victoria, España cedió Cuba (que obtuvo una independencia tutelada por EEUU), Puerto Rico y Filipinas a Estados Unidos, que también se anexionó Hawái ese mismo año.
El afianzamiento de la posición de Estados Unidos se completó con la política intervencionista de Theodore Roosevelt, presidente desde 1901. Este presidente impulsó la política del “Gran Garrote” (Big Stick Policy), es decir, el supuesto derecho de Estados Unidos a intervenir en los asuntos internos de las repúblicas hispanoamericanas para mantener el orden y proteger los intereses estadounidenses (Corolario Roosevelt a la Doctrina Monroe, 1904). Desde entonces, las intervenciones armadas o diplomáticas fueron constantes en países como Panamá (donde EEUU promovió la independencia de Colombia en 1903 para construir y controlar el Canal), Nicaragua, Haití, República Dominicana o México. La justificación era la defensa de los intereses estadounidenses que consideraban amenazados por movimientos desestabilizadores o gobiernos hostiles.